Obama, por convicción y por necesidad
En estos momentos la atención de todo el mundo parece centrarse en quien hasta hace apenas tres años solo era uno de los pocos afroamericanos que habían llegado a ser senadores, pero que seguía representando una minoría en el congreso, en ese momento la minoría demócrata. Si bien el momento decisivo en su carrera política ya había ocurrido en el año 2004, cuando pronunció un discurso que logró encausar la agenda ideológica y programática del partido demócrata, su proyección como opción política que lograba unir a quienes parecían no tener nada en común solo se hizo clara en el transcurso de este último año, año en el cual la necesidad de un cambio, por la crisis financiera y económica de estados unidos, pareció combinarse con una creciente convicción popular sobre lo inmoral de las políticas de George W Bush en cuanto a su interés en la guerra que creó en Irak y en su indeterminación por buscar reformas en políticas tales como las de seguridad social y en salud, las de educación y las de impuestos. Como afirman expertos como Paul Krugman (reciente novel de economía) el no buscar favorecer a la clase media y popular a través de la política no solo parece ser un problema moral, sino también económico, y George W Bush fue un problema tanto moral como económico, siendo que promovió medidas que incrementaron los impuestos para la clase media mientras le quitaba impuestos a los millonarios y también destinaba descomunales cantidades de dinero para los contratos de combate y reconstrucción en Irak mientras EEUU empezaba a tener serios problemas en sus sistemas de seguridad social y de educación.
Hasta hace apenas tres años todavía era difícil imaginar que Los Estados Unidos de Norteamérica podían dejar de ser esa nación ultra conservadora, tan característica de los estados del sur, aquellos donde el fervor religioso y el temor al progreso social se confunden con los ideales de “libertad” y “democracia”. Sin embargo, Barak Obama surgió como una opción política que representó como ninguna otra la paradoja de la democracia estadounidense, una sociedad donde la crisis “moral” y “económica” no habían tocado fondo en tiempos recientes, y por la misma razón, sus acciones en política exterior y su tendencia a satanizar todo lo “no americano” nunca habían sido percibidas como “el problema”. Pero parece ser que el paso de una sociedad ultra-conservadora a una sociedad predominantemente progresista y moderna ha tomado tiempo, y ha sido necesario que varias circunstancias tanto históricas como coyunturales se unan para generar el que parece ser un cambio importante en la forma y en la concepción con la cual se define la política norte americana.
La paradoja de Obama puede verse en algunos ámbitos de su vida, algunos más recientes que otros. Fue un chico negro en búsqueda de su identidad personal, y en esa búsqueda encontró que tenía una ferviente convicción por ser estadounidense. Pero a pesar de ser alguien que con los años desarrolló un fervor patriótico y religioso, Obama nunca fue una persona estrictamente conservadora o religiosa, por el contrario, con el transcurso de su vida se convirtió en un académico, en un estudioso de la ley y la economía, lo cual lo condujo por la senda de la política bien-pensante y progresista, y no por la senda del corporativismo político y la ideología conservadora. Obama a su vez demostró ser un hombre muy competitivo, alguien dispuesto a entrar en el juego casi que teatral de la política, pero lo hizo desarrollando una agenda local que despegó desde el más desinteresado y efectivo trabajo social llevado a cabo en Chicago, el cual logró representar a la verdadera comunidad sin llegar a ser asistencialista o estrictamente popular. También podría afirmarse que una de las mayores paradojas de Obama está en que no duda en presentarse como “el hombre que va a llevar a toda una nación al cambio” y al mismo tiempo no duda en iniciar medidas políticas que en su momento pueden llegar a confundir a algunos radicales, tanto de derecha como de izquierda, que por cuestiones coyunturales se unieron a su campaña electoral, un cambio electoral que solo fue posible porque la sociedad norte americana ya no es la misma de antes, ahora es una sociedad que está integrada no solo por negros, sino también por latinos, que alberga una historia religiosa más compleja que la del catolicismo o protestantismo, y que se empieza a preguntar si tanta censura moral y social no los ha desorientado en el camino que ellos mismos quisieron trazarse desde su fundación.
Podría concluirse que el tocar fondo ha llevado a Estados Unidos a volver a replantearse su democracia, no por elegir a un presidente negro, sino mas bien por elegir a alguien que no se centra en el miedo y en el rencor, dos emociones que predisponen a los atajos moralistas. Ahora, Obama retoma una agenda presidencial que tomó muchos años en volver a ser demandada, pero que ahora es un imperativo colectivo, tanto por convicción como por necesidad. Tal vez nosotros los colombianos podamos aprender algo de este pragmatismo bien pensante, de esta convicción desapasionada y sincera, de esa capacidad de tomar distanciamiento del miedo y del rencor para elegir una política bienpensante y progresista, alejada de los vicios conservadores y corporativos.
Hasta hace apenas tres años todavía era difícil imaginar que Los Estados Unidos de Norteamérica podían dejar de ser esa nación ultra conservadora, tan característica de los estados del sur, aquellos donde el fervor religioso y el temor al progreso social se confunden con los ideales de “libertad” y “democracia”. Sin embargo, Barak Obama surgió como una opción política que representó como ninguna otra la paradoja de la democracia estadounidense, una sociedad donde la crisis “moral” y “económica” no habían tocado fondo en tiempos recientes, y por la misma razón, sus acciones en política exterior y su tendencia a satanizar todo lo “no americano” nunca habían sido percibidas como “el problema”. Pero parece ser que el paso de una sociedad ultra-conservadora a una sociedad predominantemente progresista y moderna ha tomado tiempo, y ha sido necesario que varias circunstancias tanto históricas como coyunturales se unan para generar el que parece ser un cambio importante en la forma y en la concepción con la cual se define la política norte americana.
La paradoja de Obama puede verse en algunos ámbitos de su vida, algunos más recientes que otros. Fue un chico negro en búsqueda de su identidad personal, y en esa búsqueda encontró que tenía una ferviente convicción por ser estadounidense. Pero a pesar de ser alguien que con los años desarrolló un fervor patriótico y religioso, Obama nunca fue una persona estrictamente conservadora o religiosa, por el contrario, con el transcurso de su vida se convirtió en un académico, en un estudioso de la ley y la economía, lo cual lo condujo por la senda de la política bien-pensante y progresista, y no por la senda del corporativismo político y la ideología conservadora. Obama a su vez demostró ser un hombre muy competitivo, alguien dispuesto a entrar en el juego casi que teatral de la política, pero lo hizo desarrollando una agenda local que despegó desde el más desinteresado y efectivo trabajo social llevado a cabo en Chicago, el cual logró representar a la verdadera comunidad sin llegar a ser asistencialista o estrictamente popular. También podría afirmarse que una de las mayores paradojas de Obama está en que no duda en presentarse como “el hombre que va a llevar a toda una nación al cambio” y al mismo tiempo no duda en iniciar medidas políticas que en su momento pueden llegar a confundir a algunos radicales, tanto de derecha como de izquierda, que por cuestiones coyunturales se unieron a su campaña electoral, un cambio electoral que solo fue posible porque la sociedad norte americana ya no es la misma de antes, ahora es una sociedad que está integrada no solo por negros, sino también por latinos, que alberga una historia religiosa más compleja que la del catolicismo o protestantismo, y que se empieza a preguntar si tanta censura moral y social no los ha desorientado en el camino que ellos mismos quisieron trazarse desde su fundación.
Podría concluirse que el tocar fondo ha llevado a Estados Unidos a volver a replantearse su democracia, no por elegir a un presidente negro, sino mas bien por elegir a alguien que no se centra en el miedo y en el rencor, dos emociones que predisponen a los atajos moralistas. Ahora, Obama retoma una agenda presidencial que tomó muchos años en volver a ser demandada, pero que ahora es un imperativo colectivo, tanto por convicción como por necesidad. Tal vez nosotros los colombianos podamos aprender algo de este pragmatismo bien pensante, de esta convicción desapasionada y sincera, de esa capacidad de tomar distanciamiento del miedo y del rencor para elegir una política bienpensante y progresista, alejada de los vicios conservadores y corporativos.
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