Vida y Muerte
Anoche soñé que Fausto y Mefistófeles se volvían a encontrar. En una conversación, ya tan desgastada como sus propias existencias, el travieso demonio trataba de convencer al adusto y parco Fausto, ya no de entregarle lo que quedaba de su alma, sino de darle la razón de lo conveniente de su empresa. Que los siglos de juergas, experimentos y eternas conversaciones entre estos dos dolientes de dios y de la vida eterna no habían sido en vano. Sin embargo, Fausto seguía siendo muy serio, tan insatisfecho como en el primer momento en que se conocieron, hace ya más de mil años.
Ahora trato de imaginarme, qué podría satisfacer a un hombre como Fausto, que después de conocer y entender todo lo que alguien de su tiempo podía saber se confiesa derrotado ante su propia mortalidad. En medio de las pócimas alquimistas y los calendarios astrológicos de nuestro doctor del medio evo difícilmente podríamos esperar que intuyera sobre el origen del universo y la relatividad. O sobre los igualmente enigmáticos misterios de las partículas subatómicas. Pero, aún hoy en día, para los desconsolados Faustos contemporáneos y para los ansiosos Mefistófeles de nuestra época, la vida después del muerte es eso en lo que no se quiere pensar, más que en las extrañas noches de insomnio por excitación, en las cuales llegamos a sentir ese abismo inmenso de incertidumbre ante el cual no podemos saltar en vida, sino solamente contemplar en aquiescencia, desde el más hondo desconocimiento de sus profundidades.
Los hechos científicos que niegan la existencia después de la muerte son abrumadores. Si bien aunque deje de funcionar la corteza cerebral todavía puede haber vida, pues no parece ser una forma muy digna o especial de pasar los últimos años de pulsaciones en el planeta. Si el sólo hecho de dejar de ver u oír nos harían sentir medio muertos, que tal no poder hablar con nosotros mismos en nuestras propias cabezas o no poder imaginar nada. Sólo estaría un blanco color metafísico, un limbo en medio de una sala de urgencias.
Sin embargo, la vida sólo existe si hay muerte. Y el concepto de vida, sólo si hay conciencia. Y el concepto de muerte, no sólo si hay conciencia, sino mas vale, si hay aceptación. Los niños menores de 4 años pueden entender que la muerte consiste en un estado de transformación, pero su carácter irreversible es algo que no logran asimilar hasta años después, incluso, siendo poco motivados para ello en esta sociedad, dentro de la cual todos le tememos constantemente. De alguna manera, todas las culturas han hecho valer una vida después de la muerte, que poco o nada tiene que ver con las creencias literales sobre el cielo o el infierno, sino que tiene que ver con el despliegue de una imaginación que transmite vía cultural rituales y costumbres que dan sentido a la muerte, no tanto para el que parte, sino para quienes lo sobreviven. Y en ese estado de las cosas estamos… en recordar, porque hacerlo es en cierta forma existir.
Sin embargo, volviendo a mi sueño, vi que Fausto terminó por confesarle a Mefistófeles que lo que lo dejaba insatisfecho no era todo lo que habían vivido, ni conocer a tantas mujeres, ni tener tantas aventuras o haber experimentado también tantas desdichas. Era más vale haberse olvidado de sí mismo, de cómo era antes de tener una vida eterna. De cómo eran sus padres, de qué le gustaba de niño, de quienes habían sido sus mejores amigos, de a quienes había amado. En ese momento Fausto imaginaba lo que deseaba después de su muerte… imaginaba que entendía en un instante todos los motivos y conflictos que habían tenido sus padres, los veía de niños, cómo crecían y se convertían en los adultos que lo criaron. Veía a sus hermanos, haciendo sus vidas mientras lo tenían presente en sus mentes todo el tiempo, como cuando no sana una herida. Veía los momentos felices eclipsando a los que no lo fueron, y a las mayores desdichas, como males necesarios para entender todos los acontecimientos de su vida como mortal. Veía a todas las personas que lo amaron y a todas a quienes amó reunidas, en paz, estando todos aliviados de dejar las cargas de su propia irracionalidad por un momento, pero con la mayor disposición de volver a ser humanos.
Después de este delirio epifánico, vi cómo Fausto por fin moría, mientras Mefistófeles seguía vivo. Sin expectación alguna se retiró, aguantando tantas tribulaciones sólo como un demonio puede hacerlo.
Ahora trato de imaginarme, qué podría satisfacer a un hombre como Fausto, que después de conocer y entender todo lo que alguien de su tiempo podía saber se confiesa derrotado ante su propia mortalidad. En medio de las pócimas alquimistas y los calendarios astrológicos de nuestro doctor del medio evo difícilmente podríamos esperar que intuyera sobre el origen del universo y la relatividad. O sobre los igualmente enigmáticos misterios de las partículas subatómicas. Pero, aún hoy en día, para los desconsolados Faustos contemporáneos y para los ansiosos Mefistófeles de nuestra época, la vida después del muerte es eso en lo que no se quiere pensar, más que en las extrañas noches de insomnio por excitación, en las cuales llegamos a sentir ese abismo inmenso de incertidumbre ante el cual no podemos saltar en vida, sino solamente contemplar en aquiescencia, desde el más hondo desconocimiento de sus profundidades.
Los hechos científicos que niegan la existencia después de la muerte son abrumadores. Si bien aunque deje de funcionar la corteza cerebral todavía puede haber vida, pues no parece ser una forma muy digna o especial de pasar los últimos años de pulsaciones en el planeta. Si el sólo hecho de dejar de ver u oír nos harían sentir medio muertos, que tal no poder hablar con nosotros mismos en nuestras propias cabezas o no poder imaginar nada. Sólo estaría un blanco color metafísico, un limbo en medio de una sala de urgencias.
Sin embargo, la vida sólo existe si hay muerte. Y el concepto de vida, sólo si hay conciencia. Y el concepto de muerte, no sólo si hay conciencia, sino mas vale, si hay aceptación. Los niños menores de 4 años pueden entender que la muerte consiste en un estado de transformación, pero su carácter irreversible es algo que no logran asimilar hasta años después, incluso, siendo poco motivados para ello en esta sociedad, dentro de la cual todos le tememos constantemente. De alguna manera, todas las culturas han hecho valer una vida después de la muerte, que poco o nada tiene que ver con las creencias literales sobre el cielo o el infierno, sino que tiene que ver con el despliegue de una imaginación que transmite vía cultural rituales y costumbres que dan sentido a la muerte, no tanto para el que parte, sino para quienes lo sobreviven. Y en ese estado de las cosas estamos… en recordar, porque hacerlo es en cierta forma existir.
Sin embargo, volviendo a mi sueño, vi que Fausto terminó por confesarle a Mefistófeles que lo que lo dejaba insatisfecho no era todo lo que habían vivido, ni conocer a tantas mujeres, ni tener tantas aventuras o haber experimentado también tantas desdichas. Era más vale haberse olvidado de sí mismo, de cómo era antes de tener una vida eterna. De cómo eran sus padres, de qué le gustaba de niño, de quienes habían sido sus mejores amigos, de a quienes había amado. En ese momento Fausto imaginaba lo que deseaba después de su muerte… imaginaba que entendía en un instante todos los motivos y conflictos que habían tenido sus padres, los veía de niños, cómo crecían y se convertían en los adultos que lo criaron. Veía a sus hermanos, haciendo sus vidas mientras lo tenían presente en sus mentes todo el tiempo, como cuando no sana una herida. Veía los momentos felices eclipsando a los que no lo fueron, y a las mayores desdichas, como males necesarios para entender todos los acontecimientos de su vida como mortal. Veía a todas las personas que lo amaron y a todas a quienes amó reunidas, en paz, estando todos aliviados de dejar las cargas de su propia irracionalidad por un momento, pero con la mayor disposición de volver a ser humanos.
Después de este delirio epifánico, vi cómo Fausto por fin moría, mientras Mefistófeles seguía vivo. Sin expectación alguna se retiró, aguantando tantas tribulaciones sólo como un demonio puede hacerlo.
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