Amores y Demonios

Dentro de las que podríamos llamar “encrucijadas” del amor, o más vale de decir caprichos propios del enamoramiento, se presentan algunos demonios. No tienen cachos o cola y tampoco son malos por naturaleza. Pero definitivamente pueden llegar a desestabilizarnos o incluso a hacernos perder el sentido de realidad y afectar nuestra capacidad de percibir la verdadera proporción de las cosas, bien sea de las relaciones, de los enamoramientos o de los caprichos. Estos demonios están por supuesto en nuestras cabezas. Pareciesen reales sólo porque les damos vida, en cualquier cosa que vemos y pensamos. Sus motivos no son ajenos a los nuestros, pero sí son un tanto inmaduros. Sus intenciones son las de compensar cualquier debilidad propia y de negar cualquier complejo, más que las de llevar a plena satisfacción nuestras necesidades más personales y nuestras más particulares ambiciones. No son pequeños hombrecillos, homúnculos con personalidad dentro de nuestras cabezas, sino que son más bien errores, como cortos circuitos en nuestros pensamientos debidos a la fragilidad propia de nuestra necesitada existencia humana por desear y ser deseados.

La dificultad de poder diferenciar entre el amor y los demonios es parte de la historia de cada uno de nosotros. La diferencia pareciese casi imposible de hacer en ciertas circunstancias en las cuales el idilio de amor, o más bien el delirio de deseo, toma el rumbo de nuestras mentes. Y es que los demonios son tramposos. A quien afirma solo esperar una buena noche de sexo, terminan por convencerlo de estar enamorado, y a quien desea encontrar a su media naranja lo hacen dudar por cualquier tropiezo en la cama. A quienes aman lo que creen no tener completamente, los amenaza con la posibilidad de su total pérdida, y a quienes aman lo que tienen, los tienta con aquello que no imaginaron necesitar tener.

Como ya había afirmado, los demonios son producto de nosotros mismos. Son proyecciones de nuestras inseguridades, las cuales toman forma propia dentro de las películas que nos hacemos de nuestras vidas. Y cabe afirmar que el significado o la justificación de las mismas dependen también de estos demonios. Hay demonios que nos hacen pensar que no podemos vivir sin que alguien nos ame como queremos. Unos nos hacen creer que si alguien no nos ama, entonces nadie lo hará, aunque las evidencias estén en contra de este sesgo. Otros son más ansiosos y nos hacen pensar que cualquier situación inesperada es demasiado para nosotros. Los hay de los que nos hacen sentir culpables por romper cualquier promesa, que ya no sabemos por qué la hicimos. E incluso todavía los hay de los que nos impiden expresar lo que realmente sentimos por el temor a perder lo que es seguro y confiable, así no nos haga felices.

Pero los demonios no son malos, son buenos porque nos alertan de cuanto nos conocemos realmente, de qué es lo que realmente necesitamos y qué es en lo que requerimos cambios en nuestras vidas. Y ninguna relación, enamoramiento o capricho está exento de ellos, porque siempre van a estar ahí. Tal vez, para quienes les funcionan las relaciones se de el caso que también les funcionen los demonios que tienen, como si entre ellos también se encontraran.

Comentarios

Anónimo dijo…
Me agrado mucho, gracias por recomendarmelo,además tiene razòn acerca de los demonios, es solo que creo que no solo el "amor" los saca a la Luz si no cada relación, cada amenaza, cada circunstancia. Y ni aun si los veo, Ojala se pudieran identificar para buscar la manera de asesinarlos (por que yo si creo que son malos) y con esto tapar los huecos o más bien abismos que se llevan en el corazón, y tras esto percibir por un instante lo que uno como ser humano puede conseguir y lo mejor acercarse solo un poco más a la independencia emocinal, tener solo un poco más de esa fortaleza y caracter que hoy me faltan, supongo que el tiempo (la experiencia) pondran en mis manos las herramientas para hallar mis demonios y acabarlos, obvio nunca por completo ...

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