Ensayo sobre la Felicidad
No sé si por casualidad, o por mi propio interés, ayer termine buscando toda la información que pudiese encontrar sobre la felicidad. Admito que no me sentía bien, como de costumbre, estaba pensativo. Sin embargo esta inquietud por la felicidad se me convirtió en un pretexto ideal, aunque todavía no sé para qué o con qué propósito. Si cualquier inquietud sobre la felicidad sirve de algo para estar más contento o disfrutar de la vida, bienvenido sea el esfuerzo. Pero admito que dudo por completo de la utilidad catártica de esta empresa. Sin embargo, también dudo de la utilidad de la catarsis.
Según Aristóteles la felicidad consiste en el logro de la actualización de las capacidades intelectivas propias. Sí, pareciera ser una definición un tanto exigente y distante de algunos ideales de felicidad presentados hoy en día en las propagandas que promocionan productos, o un incluso, es una afirmación contraria al estilo de vida despreocupado y hedonista que parecieran desear muchas personas. Pero, para hacerle justicia a Aristóteles, cabe afirmar que la forma como él entendía el término era tal vez distinta a la actual, si consideramos que siglos de transformaciones sociales y económicas tal vez en algo han cambiado, más que el sentido etimológico de la palabra, tal vez su connotación sustancial. Su significado primero, o como diría el mismo Aristóteles, su causa formal. El intelecto descrito por Aristóteles parece estar un tanto alejado de la idea contemporánea de inteligencia. Tal vez el mismo Aristóteles sobrevaloraba la capacidad para aprender rápida y sistemáticamente conceptos formales. Es decir, generalizaciones sistemáticas de relaciones lógicas o causales entre eventos concretos y sus respectivas representaciones, o como se diría desde una psicología no mentalista, sistemas de señalización de segundo orden que cumplen con una función sustitutiva. Pero el concepto de inteligencia contemporáneo, a diferencia del planteado por el estagirita, pareciera centrarse en una formalización de las capacidades potenciales del llamado intelecto, y no, como tal vez quería dar a entender Aristóteles, como un ajuste a los criterios formales de las actividades intelectivas que derivan de la actualización en acto de la potencialidad del agente vivo. Creo que esto querría decir hoy en día, que las actividades intelectivas son simplemente aquellas que favorecen la actividad del organismo en su medio. En el caso de los humanos, serían actividades mediadas por el lenguaje y por las reglas sociales. Sin embargo, para poder afirmar que la felicidad es la actualización del intelecto aristotélico, sería necesario entonces describir el papel que juega el entorno, entendido como las relaciones entre la actividad del organismo y los objetos del ambiente.
El proceso de selección natural propuesto por Darwin parece cumplir con una extraña condición propia de los avances intelectuales más significativos. Por un lado, da explicaciones al hecho factual de la evolución, el cual permite entender en gran parte las circunstancias reales del desarrollo evolutivo, y por otra parte, parece aportar de forma lógica a los intentos de sistematización conceptual de las ciencias del conocimiento y de la conducta de los organismos. El valor del proceso de la selección natural está en que responde a inquietudes sobre la causa inicial y final de la vida en general. La felicidad ha sido curiosamente considerada como un fin de la vida. Como una meta. Esta idea no es más que una simplificación de los usos culturales y psicológicos del término. Sería la naturaleza entonces, con su respectivo componente social con más de doscientos mil años antes de Cristo de historia, la que podría cumplir parcialmente con los fines intelectivos de la felicidad, siempre que seleccione variaciones acumulativas tanto en la herencia como en la conducta linguística y no lingüística de los humanos que promuevan las formas intelectivas atribuidas a la felicidad. Daniel Gilbert recientemente ha hecho mención al papel evolutivo de la felicidad. Según afirma, los seres humanos parecemos no percatarnos del bien que el desarrollo evolutivo nos ha entregado para ser felices, siendo que tenemos la extraña habilidad de sobreponernos rápidamente a las peores tragedias, y paradójicamente, de dejarnos afectar severamente por cualquier trivialidad. Pero la felicidad, según Gilbert, no es algo que parezca depender por completo de la objetividad de los hechos de nuestras vidas, sino tal vez de un diseño evolutivo que nos permite tropezar con ese recurso de felicidad en el momento en que más lo necesitamos, incluida la vejez.
Pero entonces, qué es más sensato. Creer que la felicidad es una tarea que la vida misma nos impone y al no poder lograrla la perdemos? O es un reservorio de plenitud dispuesto a ser empleado cuando lo necesitemos? Creo que el concepto atribuido a la felicidad no puede ser simplificado ni en un sentido ni en otro. Pero por esta razón la preocupación por el mismo no deja de ser auténtica. El entendimiento del desarrollo evolutivo tal vez ilustre en algo el problema de la sustancialidad de la felicidad. El reservorio de plenitud no es algo que tenga origen en el organismo de una manera innata, ni tampoco es su función teleológica. Simplemente podría ser un producto de miles de años. Pero la evolución no ha terminado. Como bien afirma Gilbert, todavía no entendemos las consecuencias que en nuestras vidas tiene la intelección de la felicidad. Pero, entonces, cabría no hacer nada deseado con la propia vida y esperar que el reservorio haga su tarea evolutiva? Sin lugar a dudas que no, de eso no se trata. Simplemente, la felicidad psicológica parece ser parte del ciclo de vida de todos los humanos. Pero las satisfacciones personales también dependen de lo que la sociedad selecciona, y también, de lo que la comunidad lingüística termina por referir como condición necesaria y,o suficiente de felicidad. Korey Keyes planteaba que la felicidad total depende de la combinación entre una felicidad subjetiva, otorgada por esa reserva de plenitud, y una felicidad objetiva, otorgada por la relación del humano con su sociedad. Tal vez la causa formal aristotélica de la felicidad sea una combinación sustancial de felicidad subjetiva y objetiva. Tal vez sea simplemente una reserva de plenitud heredada. O tal vez, simplemente sea un término que es referido en condiciones no conocidas por completo y por ello contradictorias. Pero algo que tal vez se puede afirmar es que la felicidad, si bien no es un agente sensible ni intelectivo, es que es algo de lo que la gente habla y que permite conocer a alguien cuando se le pregunta si es feliz.
El proceso de selección natural propuesto por Darwin parece cumplir con una extraña condición propia de los avances intelectuales más significativos. Por un lado, da explicaciones al hecho factual de la evolución, el cual permite entender en gran parte las circunstancias reales del desarrollo evolutivo, y por otra parte, parece aportar de forma lógica a los intentos de sistematización conceptual de las ciencias del conocimiento y de la conducta de los organismos. El valor del proceso de la selección natural está en que responde a inquietudes sobre la causa inicial y final de la vida en general. La felicidad ha sido curiosamente considerada como un fin de la vida. Como una meta. Esta idea no es más que una simplificación de los usos culturales y psicológicos del término. Sería la naturaleza entonces, con su respectivo componente social con más de doscientos mil años antes de Cristo de historia, la que podría cumplir parcialmente con los fines intelectivos de la felicidad, siempre que seleccione variaciones acumulativas tanto en la herencia como en la conducta linguística y no lingüística de los humanos que promuevan las formas intelectivas atribuidas a la felicidad. Daniel Gilbert recientemente ha hecho mención al papel evolutivo de la felicidad. Según afirma, los seres humanos parecemos no percatarnos del bien que el desarrollo evolutivo nos ha entregado para ser felices, siendo que tenemos la extraña habilidad de sobreponernos rápidamente a las peores tragedias, y paradójicamente, de dejarnos afectar severamente por cualquier trivialidad. Pero la felicidad, según Gilbert, no es algo que parezca depender por completo de la objetividad de los hechos de nuestras vidas, sino tal vez de un diseño evolutivo que nos permite tropezar con ese recurso de felicidad en el momento en que más lo necesitamos, incluida la vejez.
Pero entonces, qué es más sensato. Creer que la felicidad es una tarea que la vida misma nos impone y al no poder lograrla la perdemos? O es un reservorio de plenitud dispuesto a ser empleado cuando lo necesitemos? Creo que el concepto atribuido a la felicidad no puede ser simplificado ni en un sentido ni en otro. Pero por esta razón la preocupación por el mismo no deja de ser auténtica. El entendimiento del desarrollo evolutivo tal vez ilustre en algo el problema de la sustancialidad de la felicidad. El reservorio de plenitud no es algo que tenga origen en el organismo de una manera innata, ni tampoco es su función teleológica. Simplemente podría ser un producto de miles de años. Pero la evolución no ha terminado. Como bien afirma Gilbert, todavía no entendemos las consecuencias que en nuestras vidas tiene la intelección de la felicidad. Pero, entonces, cabría no hacer nada deseado con la propia vida y esperar que el reservorio haga su tarea evolutiva? Sin lugar a dudas que no, de eso no se trata. Simplemente, la felicidad psicológica parece ser parte del ciclo de vida de todos los humanos. Pero las satisfacciones personales también dependen de lo que la sociedad selecciona, y también, de lo que la comunidad lingüística termina por referir como condición necesaria y,o suficiente de felicidad. Korey Keyes planteaba que la felicidad total depende de la combinación entre una felicidad subjetiva, otorgada por esa reserva de plenitud, y una felicidad objetiva, otorgada por la relación del humano con su sociedad. Tal vez la causa formal aristotélica de la felicidad sea una combinación sustancial de felicidad subjetiva y objetiva. Tal vez sea simplemente una reserva de plenitud heredada. O tal vez, simplemente sea un término que es referido en condiciones no conocidas por completo y por ello contradictorias. Pero algo que tal vez se puede afirmar es que la felicidad, si bien no es un agente sensible ni intelectivo, es que es algo de lo que la gente habla y que permite conocer a alguien cuando se le pregunta si es feliz.
Comentarios