columna campana mayo
Sobre el dilema Yidis
Juan F Muñoz
Hoy en día el dilema Yidis parece ser más que un simple cohecho entre el gobierno y la ex congresista. Este caso ilustra dos formas de hacer política. Una, pragmática, que no escatima en los esfuerzos para obtener fines vistos, en un momento dado, como justificables y necesarios. En términos del presidente Uribe, estos son fines para "salvar a la patria del terrorismo". La otra forma, es la idealista, la cual no escatima en censurar todo pragmatismo político que atenta contra las buenas costumbres civiles y políticas. En términos de Mockus, los fines no justifican los medios, y cualquier acción de compra de voto implica necesariamente un delito contra la democracia. Sin embargo, ni la forma pragmática ni la idealista están representadas en este momento de forma exclusiva por el presidente y por el ex alcalde. El pragmatismo de consecuencias vergonzosas es aceptado por la mayoría de los políticos y personas que apoyan al gobierno. Y el idealismo político ha alcanzado sus posiciones más exacerbadas tanto en las denuncias de Mockus como en el apoyo coyuntural que estas denuncias han recibido de quienes solo se han interesado en lo que dice el ex alcalde por hacer oposición al gobierno. Esto crea la extraña situación de ver a políticos de dudosas calidades éticas acusando al gobierno de clientelista. Este es el precio en inexactitud y en ligereza que se paga cuando las discusiones terminan centrándose en quién es más bueno que el otro, o quién es más malo que el otro.
Las razones que llevan a una posición o a otra no parecen ser muy claras en este caso. Por ejemplo, el profesor Mockus comentó en una columna de opinión que si no fuera por la posible compra del voto de Yidis, Uribe no sería presidente. En lo personal dudo de esto, aunque no dudo de las razones por las cuales el gobierno pudo llevar a cabo este trámite. Pero estoy convencido que el apoyo electoral que acompaña al gobierno y el apoyo del sector empresarial desvirtúan esta simple ecuación. El problema que veo en el argumento de Mockus es que, guste o no, el gobierno tiene legitimidad. Si esta es una legitimidad deseable y moderna, es otro tema de discusión. Este idealismo político también a veces se ve en los pronunciamientos de las cortes. Estas a veces parecieran querer sopesar el poder del gobierno al censurar sus intenciones. Sin embargo, caen en el error constante de atribuir intenciones malévolas a un grupo de funcionarios que tal vez siempre cometen errores más por incompetencia, y que sus acciones discutibles moralmente por lo general son apoyadas por el electorado y por otras influyentes instancias civiles. Es por estas razones que creo que indignarse públicamente por la posible compra del voto de Yidis tal vez ayuda a limpiar culpas a quienes saben que Colombia puede estar mejor gobernada, pero no ayuda mucho. Los que no quieren oír se van a hacer los sordos. Y los que oyen porque les conviene caen en el mismo procedimiento pragmatista vergonzoso, que ocultan en medio de sus indignaciones morales.
Las posiciones vergonzosas del gobierno no solo dependen de este. La adicción al poder del presidente Uribe (a las posibilidades de gasto público que provee, para ser más específico) es el fruto de un proceso electoral de años de incubación, que se debe a los gobiernos anteriores, a la población civil y a intereses comerciales. Ver al ministro Palacios decir sin ningún remordimiento que él no influyó en la decisión de Yidis, mientras adelantan una campaña de desprestigio del testimonio de la ex congresista en todos los medios, es de esperar. Él simplemente sigue órdenes. Y las órdenes de Uribe han sido bajo la complacencia del electorado colombiano. En conclusión, creo que la intolerancia moralista del profesor Mockus llega a alejarse de la realidad que hemos creado los mismos electores. Pero este dolor en el ego del visionario siempre ha presagiado las contradicciones y los males clientelistas de este y de todos los gobiernos.
Juan F Muñoz
Hoy en día el dilema Yidis parece ser más que un simple cohecho entre el gobierno y la ex congresista. Este caso ilustra dos formas de hacer política. Una, pragmática, que no escatima en los esfuerzos para obtener fines vistos, en un momento dado, como justificables y necesarios. En términos del presidente Uribe, estos son fines para "salvar a la patria del terrorismo". La otra forma, es la idealista, la cual no escatima en censurar todo pragmatismo político que atenta contra las buenas costumbres civiles y políticas. En términos de Mockus, los fines no justifican los medios, y cualquier acción de compra de voto implica necesariamente un delito contra la democracia. Sin embargo, ni la forma pragmática ni la idealista están representadas en este momento de forma exclusiva por el presidente y por el ex alcalde. El pragmatismo de consecuencias vergonzosas es aceptado por la mayoría de los políticos y personas que apoyan al gobierno. Y el idealismo político ha alcanzado sus posiciones más exacerbadas tanto en las denuncias de Mockus como en el apoyo coyuntural que estas denuncias han recibido de quienes solo se han interesado en lo que dice el ex alcalde por hacer oposición al gobierno. Esto crea la extraña situación de ver a políticos de dudosas calidades éticas acusando al gobierno de clientelista. Este es el precio en inexactitud y en ligereza que se paga cuando las discusiones terminan centrándose en quién es más bueno que el otro, o quién es más malo que el otro.
Las razones que llevan a una posición o a otra no parecen ser muy claras en este caso. Por ejemplo, el profesor Mockus comentó en una columna de opinión que si no fuera por la posible compra del voto de Yidis, Uribe no sería presidente. En lo personal dudo de esto, aunque no dudo de las razones por las cuales el gobierno pudo llevar a cabo este trámite. Pero estoy convencido que el apoyo electoral que acompaña al gobierno y el apoyo del sector empresarial desvirtúan esta simple ecuación. El problema que veo en el argumento de Mockus es que, guste o no, el gobierno tiene legitimidad. Si esta es una legitimidad deseable y moderna, es otro tema de discusión. Este idealismo político también a veces se ve en los pronunciamientos de las cortes. Estas a veces parecieran querer sopesar el poder del gobierno al censurar sus intenciones. Sin embargo, caen en el error constante de atribuir intenciones malévolas a un grupo de funcionarios que tal vez siempre cometen errores más por incompetencia, y que sus acciones discutibles moralmente por lo general son apoyadas por el electorado y por otras influyentes instancias civiles. Es por estas razones que creo que indignarse públicamente por la posible compra del voto de Yidis tal vez ayuda a limpiar culpas a quienes saben que Colombia puede estar mejor gobernada, pero no ayuda mucho. Los que no quieren oír se van a hacer los sordos. Y los que oyen porque les conviene caen en el mismo procedimiento pragmatista vergonzoso, que ocultan en medio de sus indignaciones morales.
Las posiciones vergonzosas del gobierno no solo dependen de este. La adicción al poder del presidente Uribe (a las posibilidades de gasto público que provee, para ser más específico) es el fruto de un proceso electoral de años de incubación, que se debe a los gobiernos anteriores, a la población civil y a intereses comerciales. Ver al ministro Palacios decir sin ningún remordimiento que él no influyó en la decisión de Yidis, mientras adelantan una campaña de desprestigio del testimonio de la ex congresista en todos los medios, es de esperar. Él simplemente sigue órdenes. Y las órdenes de Uribe han sido bajo la complacencia del electorado colombiano. En conclusión, creo que la intolerancia moralista del profesor Mockus llega a alejarse de la realidad que hemos creado los mismos electores. Pero este dolor en el ego del visionario siempre ha presagiado las contradicciones y los males clientelistas de este y de todos los gobiernos.
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