una opinión autocomplaciente

Siendo entrevistada en un programa televisivo, la columnista de la revista Semana, María Isabel Rueda, afirmó que el oficio de opinar en medios periodísticos es una labor dirigida por las emociones de los lectores. Según la periodista, quien escribe en la prensa no es quien decide qué es relevante para valorar o juzgar. La opinión, para ella, solo es el reflejo de aquello que genera pasiones o reacciones encontradas entre los lectores. La comunicación entre el periodista y el público sería solo posible mediante una sintonía mediata, hija de la coyuntura, de las imágenes que tanto los comunicadores como los espectadores recuerdan con vívidas impresiones, aunque estas sean todavía tan confusas e inciertas como novedosas y frescas.

En un país de los a veces iracundos, moralistas, desconcertantes, apáticos o mamagallistas escritores de columnas, no parece extraño que ante las mismas historias resientes, que se repiten una y otra vez, estemos constantemente rodeados de los mismos territorios ideológicos de siempre. Por un lado, los sociólogos anti-uribistas. Por otro lado, los ideólogos de las rentas de palacio. Por otros lares los que viven de la farándula de la política. Pero todos obsesionados. Tal vez, obsesionados a simple vista con la imagen pública de Uribe. Sea para alabarlo o aborrecerlo. Pero la obsesión parece no tener un objeto de realización. La obsesión que pareciera tener la opinión solo es un mal hábito. Un proceder con menos cabeza que corazón. O más vale decir, con más tripas que cerebro. Estos hábitos y estos procederes no parecen ser extraños al público, que pide constantemente autoridades morales que les digan qué decir. Que los obliguen a creer en algo. Que los hagan sentir, bien sea en el país del divino niño, o bien sea en una república bolivariana. Lo curioso de todo esto, es que el mundo público de la política colombiana es al mismo tiempo un mundo dominado por las pasiones y las impresiones más personales y privadas, tanto de los comunicadores, como de los espectadores. Todos quieren hacer afirmaciones sobre lo moral o inmoral del otro. Todos, sin advertirlo, se han convertido en inquisidores públicos de las costumbres privadas. Nada más parecido a la lógica tradicional de los políticos. Nada más cercano a los intereses del marketing político y del caudillismo democrático. Nada más cercano a una dictadura de las mayorías.

Pero mientras tanto, La columnista María Isabel Rueda sigue escribiendo temas controversiales. Tal vez ella misma quisiera ser más analítica, estar mejor preparada para poder escribir tratados de gran veracidad sobre los problemas políticos, económicos y sociales del país. Pero eso no parece hacer falta. El público de la farándula de la política solo pide ser entretenido y sentirse seguro en sus territorios ideológicos respectivos. Solo necesita confirmar lo que ya cree saber.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

ALUNIZAJE PARA LUNÁTICOS...EN CUENTA REGRESIVA

Obama, por convicción y por necesidad