Integrar las dos culturas
Juan Muñoz – docente Psicología
Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia
A
continuación, se desarrolla un diálogo entre las humanidades y la ciencia, para
al final proponer ideas concretas
que se considera pueden inspirar el encuentro entre disciplinas, en aras de la integralidad y la transdisciplinariedad del currículo.
En
la vida intelectual, han existido quienes valoran dos cosas en apariencia
distantes. Por un lado, las ideas
científicas, tal vez a veces con cierto dejo de entusiasmo positivista. Por el
otro lado, las letras y las
humanidades, con ese desprendimiento desinteresado por exactitudes y fórmulas, como el del poeta Fernando
Pessoa cuando escribió “Quiero […] definidamente lo indefinido”.
La cultura intelectual colombiana de principios del siglo XX estuvo bien representada por quienes eran reaccionarios ante los nacientes discursos científicos. Con exquisita prosa aforística, el filósofo Nicolás Gómez Dávila sentenciaba “Ciencia es lo que en particular a nadie importa, y en general a todos […] La ciencia engaña de tres maneras: transformando sus proposiciones en normas, divulgando sus resultados preferentemente a sus métodos, callando sus limitaciones epistemológicas […] El especialista, en ciencias humanas, ambiciona ante todo cuantificar lo obvio”.
No
obstante, para los años cuarenta del siglo XX, desde las orillas de la
intelectualidad letrada, el mismo
Jorge Luis Borges reconocía que las letras y la ciencia, no son
irreconciliables. En su famoso cuento
Funes, el Memorioso nos relató la
inutilidad de una mente prodigiosa que se extravía en cada momento, por solo
saber reconocer el instante y la vivencia
de cada experiencia subjetiva.
Funes es un milagro fenomenológico, pero inútil en el día a día. La
prueba de que cada mente, en cualquier
cultura y momento de la historia, requiere categorizar y diagnosticar su
realidad bajo cierto orden. Su
cuento, en últimas, es una alegoría humanista sobre la importancia del pensamiento científico. Sí, ese mismo que
habla de promedios, más que de personas o experiencias
particulares, que tiene métodos más que epistemologías, y que finalmente,
siempre cuantifica.
Un
siete de mayo de 1959, en conferencia dada en el Senate House de la Universidad de
Cambridge, en Inglaterra, quien fuera ya un representante de ambos mundos,
el físico y escritor C.
P.
Snow, impartía una charla de gran valor anecdótico, donde decía: “[Se trata de]
dos grupos polarmente antitéticos:
los intelectuales literarios en un polo, representantes de la cultura humanística, y en el otro los científicos,
la otra cultura intelectual. Entre ambos polos, un abismo de incomprensión mutua; algunas veces
(especialmente entre los jóvenes) hostilidad y desagrado, pero más
que nada falta de entendimiento recíproco”.
Snow
resaltaba la falta de conversación entre los unos y los otros; mientras los
“intelectuales literarios” se
ufanaban de sus conocimientos en cultura universal, historia y literatura, desconocían otros conocimientos de
gran valor universal para la sociedad, como el primer
principio de la termodinámica, por ejemplo; y mientras los
“intelectuales científicos” presumían de sus
métodos matemáticos y sus elaborados experimentos, no lograban atraer con ideas
aforísticas y poéticas, para poder describir la en muchas veces inescrutable e indefinible realidad.
No
obstante, a pesar de la inevitable necesidad humana dada en etiquetar
identidades y conocimientos, ese a
veces aparente curso racional y dirigido que según Hegel es la historia, pareciera haber siempre conectado ambas
culturas. Ya en el siglo primero,
Apolonio describió las formas
geométricas cónicas, como parábolas y elipses, que no solo harían posible la
presencia moderna de antenas
satelitales y radiotelescopios, sino, además, originarían curiosamente en siglos posteriores las arquitecturas menos
ortodoxas, y por ende tal vez más humanas, como las construcciones de Antoni Gaudí, con sus respectivas bóvedas
hiperboloides y sus columnas helicoidales
de la Sagrada Familia en Barcelona. Las matemáticas que sostienen estas
creaciones superan cualquier rótulo
pueril que quiera dárseles, y son arte imposible e inimaginable, hecho con cálculos casi irreales. Así mismo, los
misterios de la prospectiva y la imaginación, en estos tiempos, son explicados por funciones hiperbólicas de descuento
mental sobre el valor de posibles eventos
y decisiones personales, con alta precisión, describiendo una curiosa geometría
humana, la de las decisiones financieras con tarjetas de crédito
y vidas solo posibles por la deuda.
En
estos momentos de pandemia por COVID-19, es el caso, por ejemplo, de resaltar
la detallada descripción que Daniel
Defoe hizo, basado solo en la ficción literaria, de eventos ocurridos en la peste de 1665. Descripciones similares a
la pandemia que vivimos hoy en día por el COVID-19, más de cuatro siglos después. La literatura, tan eficiente
describiendo y explicando, como a veces creemos que solo lo hace la ciencia.
No
obstante, son estos también momentos de una auténtica protesta social, nacida
en el descontento por el abuso de la
autoridad Estatal y por su falta de previsión de las necesidades de millones de habitantes, momentos de gran
relevancia para el encuentro entre las ´dos culturas´. Sea de resaltar, por ejemplo, los posibles contactos entre las
ideas de Michel Foucault sobre los alcances
y las paradojas de las sociedades disciplinarias, con los hallazgos de la
psicología experimental relacionados
con la inutilidad del castigo en la resocialización y en la adquisición de principios morales. O incluso, la curiosa
similitud estética entre las ideas que sobre mecanismos corporales y sociales tuvieron Gilles Deleuze y Felix Guattari,
sobre los afectos y los sentimientos sociales
y políticos, con los modelos de la ciencia social más contemporánea, como los
de las redes hiperconectadas planteadas
por Nicholas Christakis, o la teoría de
juegos retomada por Jon Elster y
desarrollada considerablemente en modelos actuales de inteligencia artificial,
para explicar el comportamiento
social. Ideas que recuerdan la analogía de Isaac Asimov, de aparentes
similitudes entre los comportamientos
de las sociedades, y las simples moléculas de gas, que combinan trayectos tanto predecibles, como
poseedores de toda libertad. Y es que una molécula de gas, está tan predeterminada, como es libre de
superar cualquier predicción, como sucede con las personas y las
sociedades. Así, la unión
entre las dos culturas integra
preocupaciones, tanto por la predicción
y la explicación, como por el devenir y la metafísica ineludible de nuestra
condición humana.
Finalmente,
como propuso John Brockman en 1995, es posible podamos formular una tercera cultura,
como una unión cooperativa y dialógica entre las dos primeras culturas. Un
encuentro necesario y posible,
entre los “intelectuales literarios” (v.g., la cultura humanística) y los “intelectuales científicos y/o
tecnológicos” (v.g., la otra cultura intelectual). Cabe resaltar, la separación entre ambas culturas siempre
fue ilusoria, pero es de reconocer que tal escisión ha existido, principalmente en el mundo académico, como un
producto inevitable de la especialización del conocimiento y del énfasis tecnológico y burocrático sobre el mismo.
En
aras de concluir ideas concretas que alimenten el espíritu de una reforma
curricular, se enuncian los
postulados de Brockman para estas posibles integralidades y
transdisciplinariedades, en tiempos
sociales que lo requieren. Así, se concluyen las siguientes acciones necesarias
en el diálogo entre las ´dos
culturas´:
·
Una comunicación intracultural inicial:
personas de la comunidad upetecista,
como estudiantes, profesores y
administrativos, protagonizan a nivel personal una toma de consciencia sobre el interés que tienen en
el trabajo y las ideas de quienes identifican en el otro punto u orilla. Quienes se identifican con la cultura
humanística, buscan primeras conversaciones
e intercambios con quienes se identifican con la cultura científica y/o tecnológica, y viceversa. En la
conversación y en los intercambios, es fundamental clarificar cuáles son las motivaciones y cuál es la curiosidad
de los involucrados. Para finalmente, poder concluir si estas
conversaciones e intercambios logran cumplir estos deseos personales.
·
Una siguiente comunicación intercultural entre las personas: personas de campos distantes
culturalmente, empiezan a compartir espacios físicos y formativos, para buscar conjuntamente una información de interés
mutuo, para intercambiar ideas y posibles soluciones
a problemas planteados, y para desarrollar estilos de conversación y producción de conocimiento conjunto. Se
busca evitar conscientemente cualquier postura
de aparente superioridad en conocimientos o habilidades de una parte
hacia la otra. La formación de la tercera cultura requiere
que no existan descalificaciones o sesgos de
superioridad de ningún tipo.
·
Una siguiente comunicación intercultural retórica: donde las partes desarrollan la capacidad,
no solo de considerar y sustentar sus puntos de vista iniciales, sino de poder exponer y sustentar los otros puntos de
vista. Implica un cambio de perspectiva cultural, que inicia el valioso proceso de ir desarrollando una meta-identidad. Una creación conjunta de relatos e identidades
intelectuales que no se habían adquirido sin la interacción. Además, implica la convergencia e integración de
ideas y acciones que harán parte de la tercera cultura
que se está creando en conjunto.
· Una siguiente comunicación meta-cultural: emplea el intercambio simbólico, donde ideas, imágenes y nociones que antes no se reconocían como parte de la identidad intelectual propia, son asimiladas desde una nueva reinterpretación. No consiste en abandonar lo que se ha creído y pensado antes, sino en poder relacionarse con aquello que se desconocía. También, implica recapitular lo que ha pasado en conversaciones y reuniones, así como es trabajos conjuntos e intercambios diversos. Analizar el proceso que ha sucedido y lo que ha significado para cada una de las partes. Además, se hacen conscientes normas creadas en los intercambios, donde se evalúan y valoran. Finalmente, se trascienden las diferencias iniciales entre referentes culturales y se explora la posibilidad de que algunos se fusionaran, para formar parte de la emergente tercera cultura que se ha creado.
· Una comunicación intracultural final: consiste en el consciente abandono de la identidad intelectual primaria. Un análisis personal y detallado del porqué se abandona como producto de un intercambio profundo y muy interesado por comprender los puntos de vista y los referentes de otras identidades culturales. La tercera cultura finalmente, no consiste en una degradación de creencias y valores iniciales, sino en un enriquecimiento de los mismos al abordar puntos de referencia cultural que suelen ser obviados y desconocidos por no tener intercambios simbólicos con estos.
Es
de reconocer que habitar en varias identidades culturales puede generar
momentos de duda y crisis, por
contemplar al mismo tiempo creencias y valores que pueden incluso ser
contradictorios. Incluso, tensiones
morales personales. No obstante, la emergencia de la tercera cultura no se refiere a una imposición hegemónica de
unas normas y creencias, sino a la creación propia de la interacción simbólica adquirida entre dos o más personas, que al
principio no se relacionaban realmente
porque empleaban referentes ideológicos incapaces de reconocerse entre los
mismos. La tercera cultura no elimina
ni reescribe las creencias y los valores pasados. Su objetivo no es el revisionismo. Al contrario, hace parte de
lo que Antanas Mockus supo llamar ser un Anfibio Cultural: “Es quien se desenvuelve
solventemente en diversos contextos y al mismo tiempo posibilita una comunicación fértil entre ellos, es decir
transporta fragmentos de verdad (o de moralidad)
de un contexto a otro”. Cada miembro de la tercera cultura, curiosamente, deja
de ser el habitante de un punto de
referencia, de un hábitat o tribu de pensamiento, y se convierte más bien en una suerte de andariego del
pensamiento, en intérprete de otros, en un viajero que “comercia” y establece relaciones más allá de las fronteras de
la identidad que se forjó por vez primera.
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