Sergio Fajardo, un Pragmatista Bien-Pensante
Aunque el clima político actual pareciera haber llegado a sus dimensiones más espectaculares y dramáticas, impresiona ver que siguen surgiendo políticos bien pensantes que se alejan en su discurso y en su práctica de las narrativas y los quehaceres tradicionales en la política colombiana. Ahora, cuando Sergio Fajardo ha culminado su gestión como alcalde de Medellín, entregando una ciudad transformaba, él mismo se declara aspirante a la presidencia, generando una alternativa más en el indescifrable y abrumador mapa político actual.
Afirmo que Sergio Fajardo es un político bien pensante, no con el ánimo de ridiculizar a otros aspirantes, sino con la idea de clasificarlo de una manera acorde a lo que él mismo nos planteó a algunos ciudadanos el pasado 10 de julio en el Paraninfo Francisco José de Caldas, durante el transcurso de su charla “del miedo a la esperanza”. En esta charla el profesor Fajardo, con la decencia y seguridad que lo caracterizan, afirmó cosas que se le oyen poco a los políticos, expresándose sin el menor titubeo y completamente carente de cualquier cinismo. Por ejemplo, afirmó que el que un concejal trate de dirigir al menudeo los recursos públicos de la educación es algo que está mal, y que precisamente él no lo permitió, siendo esta una de las razones por las cuales fueron posibles las millonarias inversiones en educación e infraestructura que tuvo Medellín en su gobierno. Igualmente, afirmó que está mal que los gobernantes traten de incidir en quién es rector o decano de cualquier universidad pública, siendo que él afirmaba, con toda sinceridad, que en su administración eso nunca se hizo, porque esas no eran las prioridades verdaderas de gobernar. Fajardo dejó en claro que él nunca tuvo que negociar ningún trato comercial o clientelista, por la simple razón que llegó a la alcaldía sin deberle nada a nadie. Por esto afirmo que Fajardo es un político bien pensante, porque supo desde antes de postularse a la alcaldía, con toda certeza, que las administraciones que pueden cambiar realmente la situación del manejo de los recursos públicos en este país son aquellas que parten por cultivar el interés público y no solo el interés privado. Por esto, me atrevo a afirmar que para Fajardo, la confianza entre el gobierno y el la ciudadanía no es posible solo a través de la seguridad “física” y la “mejora en la imagen social del gobernante”. La verdadera confianza está dada por las oportunidades de igualdad y por el correcto funcionamiento de las instituciones públicas que tienen por obligación disminuir esas gigantescas brechas. Fajardo está pensando en grande, y por eso nada lo toma a la ligera, como sí se toman hoy en día algunos proyectos de infraestructura y de prestación de servicios públicos a nivel nacional.
Fajardo ha demostrado que es un político práctico, pero a su vez también bien pensante, porque la mayoría de los políticos son prácticos, pero en un sentido clientelista. Decir que es práctico no es afirmar que lo que hace es invertir mucho dinero en construcciones y hablar “claramente”. Eso sería no entender lo que hizo como alcalde. Su pragmatismo empieza desde el momento en que tiene la mayor certeza sobre cómo leer las causas y los mantenedores de la desigualdad y la violencia. A diferencia de Uribe, y en similitud con Mockus, Fajardo comprendió rápidamente que el poder solo vale la pena si las cosas se van a hacer como lo exige “la ecuación”. Que no es suficiente con mejorar la seguridad, sino que hay que romper radicalmente con el clientelismo. Que no es suficiente dar plata a los desmovilizados, sino que los gobernantes deben estar detrás de todo el proceso de disminución de desigualdades, y no solo para los ex combatientes, sino para todos los jóvenes en riesgo social. Y que no es suficiente con abrirles un curso en el Sena. Sino que hay que transformar su barrio, para poder transformar sus vidas. Eso no es idealismo, al contrario, es la postura más práctica posible, lejana al despilfarro visto en ministerios como el de protección social, de transporte o de agricultura. Fajardo demostró que estos cambios son posibles. Simplemente, hay que saber para qué es el poder. Como él mismo afirmó, “yo no gobierno parar hacer negocios o para hacerme rico”. Al igual que Mockus, Fajardo transformó su ciudad simplemente administrando bien el dinero y sabiendo definir prioridades. Evitando el despilfarro del clientelismo y sabiendo donde invertir de forma estratégica, con un acompañamiento que tiene fines más educativos que caudillistas.
Los logros de su administración en la alcaldía de Medellín hablan por sí solos. La tasa de homicidio bajó de 350 a 35 por 100.00 habitantes. Y se presentó una transformación de la piel de la ciudad nunca antes vista, invirtiendo el 40% de las inversiones de Medellín en la construcción y mejora de escuelas y bibliotecas públicas que le han devuelto la vida y la esperanza a los barrios marginales de la ciudad.
Afirmo que Sergio Fajardo es un político bien pensante, no con el ánimo de ridiculizar a otros aspirantes, sino con la idea de clasificarlo de una manera acorde a lo que él mismo nos planteó a algunos ciudadanos el pasado 10 de julio en el Paraninfo Francisco José de Caldas, durante el transcurso de su charla “del miedo a la esperanza”. En esta charla el profesor Fajardo, con la decencia y seguridad que lo caracterizan, afirmó cosas que se le oyen poco a los políticos, expresándose sin el menor titubeo y completamente carente de cualquier cinismo. Por ejemplo, afirmó que el que un concejal trate de dirigir al menudeo los recursos públicos de la educación es algo que está mal, y que precisamente él no lo permitió, siendo esta una de las razones por las cuales fueron posibles las millonarias inversiones en educación e infraestructura que tuvo Medellín en su gobierno. Igualmente, afirmó que está mal que los gobernantes traten de incidir en quién es rector o decano de cualquier universidad pública, siendo que él afirmaba, con toda sinceridad, que en su administración eso nunca se hizo, porque esas no eran las prioridades verdaderas de gobernar. Fajardo dejó en claro que él nunca tuvo que negociar ningún trato comercial o clientelista, por la simple razón que llegó a la alcaldía sin deberle nada a nadie. Por esto afirmo que Fajardo es un político bien pensante, porque supo desde antes de postularse a la alcaldía, con toda certeza, que las administraciones que pueden cambiar realmente la situación del manejo de los recursos públicos en este país son aquellas que parten por cultivar el interés público y no solo el interés privado. Por esto, me atrevo a afirmar que para Fajardo, la confianza entre el gobierno y el la ciudadanía no es posible solo a través de la seguridad “física” y la “mejora en la imagen social del gobernante”. La verdadera confianza está dada por las oportunidades de igualdad y por el correcto funcionamiento de las instituciones públicas que tienen por obligación disminuir esas gigantescas brechas. Fajardo está pensando en grande, y por eso nada lo toma a la ligera, como sí se toman hoy en día algunos proyectos de infraestructura y de prestación de servicios públicos a nivel nacional.
Fajardo ha demostrado que es un político práctico, pero a su vez también bien pensante, porque la mayoría de los políticos son prácticos, pero en un sentido clientelista. Decir que es práctico no es afirmar que lo que hace es invertir mucho dinero en construcciones y hablar “claramente”. Eso sería no entender lo que hizo como alcalde. Su pragmatismo empieza desde el momento en que tiene la mayor certeza sobre cómo leer las causas y los mantenedores de la desigualdad y la violencia. A diferencia de Uribe, y en similitud con Mockus, Fajardo comprendió rápidamente que el poder solo vale la pena si las cosas se van a hacer como lo exige “la ecuación”. Que no es suficiente con mejorar la seguridad, sino que hay que romper radicalmente con el clientelismo. Que no es suficiente dar plata a los desmovilizados, sino que los gobernantes deben estar detrás de todo el proceso de disminución de desigualdades, y no solo para los ex combatientes, sino para todos los jóvenes en riesgo social. Y que no es suficiente con abrirles un curso en el Sena. Sino que hay que transformar su barrio, para poder transformar sus vidas. Eso no es idealismo, al contrario, es la postura más práctica posible, lejana al despilfarro visto en ministerios como el de protección social, de transporte o de agricultura. Fajardo demostró que estos cambios son posibles. Simplemente, hay que saber para qué es el poder. Como él mismo afirmó, “yo no gobierno parar hacer negocios o para hacerme rico”. Al igual que Mockus, Fajardo transformó su ciudad simplemente administrando bien el dinero y sabiendo definir prioridades. Evitando el despilfarro del clientelismo y sabiendo donde invertir de forma estratégica, con un acompañamiento que tiene fines más educativos que caudillistas.
Los logros de su administración en la alcaldía de Medellín hablan por sí solos. La tasa de homicidio bajó de 350 a 35 por 100.00 habitantes. Y se presentó una transformación de la piel de la ciudad nunca antes vista, invirtiendo el 40% de las inversiones de Medellín en la construcción y mejora de escuelas y bibliotecas públicas que le han devuelto la vida y la esperanza a los barrios marginales de la ciudad.
Comentarios
El problema, tal vez, es que en la Presidencia de la República, Fajardo se enfrentaría a grupos de interés mucho más poderosos y numerosos que los que hay en una ciudad como Medellín. Sin contar con un legislativo cuyos miembros suelen ser siempre los mismos.
Probablemente, el proyecto serviría y pasaría de ser un prontuario de buenas intenciones si los votantes se pellizcaran tambien en las elecciones al Senado y a la Cámara de Representantes. Probablemente....